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Gukurahundi en Zimbabwe:

Informe sobre los disturbios ocurridos en Matabeleland y los Midlands entre 1980-1988


Prólogo a la edición de 2007 por Elinor Sisulu

Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada. Edmund Burke, hombre de estado y pensador político inglés del siglo XVIII.

La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en el mundo entero. Cualquier cosa que afecta a un individuo directamente, nos afecta a los demás indirectamente.
Martin Luther King, Jr., defensor de de los derechos civiles de los afroamericanos.

La humanidad es una familia única e indivisible y cada uno de nosotros es responsable de los delitos cometidos por los demás. Yo mismo no podría separarme del alma más malvada.
Mahatma Gandhi, luchador por la paz y filósofo.

La expresión "Gukurahundi", que significa en el dialecto Shona "las primeras lluvias que arrastran el rastrojo de la última cosecha antes de que lleguen las lluvias primaverales", solía tener connotaciones positivas. Para los granjeros de regiones que padecen la falta de agua, pocas cosas eran más agradables que el olor de las primeras lluvias al caer en la tierra seca, la frescura del aire después de la lluvia y la promesa de una nueva estación de cosechas abundantes.

El término "Gukurahundi" cobró un significado enteramente nuevo cuando en los años ochenta la Quinta Brigada, que había sido entrenada por el ejército de Corea del Norte, asesinó a miles de personas en la provincia de Matabeleland y parte de los Midlands de Zimbabwe. "Gukurahundi" pasó a ser el nombre por el que se conoce a la Quinta Brigada,y a los crímenes llevados a cabo por esta, y desde entonces la palabra inspira en los zimbabwenses nada más que sentimientos negativos como indiferencia, vergüenza, negación, terror o cólera, según han sido víctimas, verdugos o uno de los millones de habitantes que guardaron silencio.

Cuando me pidieron que escribiera este prólogo mi primera reacción fue la de no aceptar. "¿Qué derecho tengo yo para escribir sobre esto, cuando tal honor debería ser concedido a uno de los supervivientes?" Luego recordé una conferencia de escritores a la que asistí hace algunos años, donde escuché el testimonio de Yolande Mukagasana, una mujer de Ruanda cuyo esposo y tres hijos habían sido asesinados en el genocidio de 1994. Tras estos acontecimientos dramáticos Yolanda intentó reponerse y darle un nuevo sentido a su vida cuidando a huérfanos de Ruanda y escribiendo. Su testimonio me emocionó profundamente. Recuerdo a menudo el título de uno de sus libros, Les Blessures du Silence (las heridas del silencio), cada vez que me enfrento a la asombrosa capacidad de las sociedades humanas para ignorar las violaciones de los derechos humanos, aún cuando son ofensivamente evidentes. Refiriéndose a Ruanda, Nelson Mandela comentó sobre esta tendencia: "Cuanto más fuertes y penetrantes son los gritos de desesperación - aún cuando esa desesperación resulte en medio millón de muertos en Ruanda - mayor es la reacción instintiva en nosotros de alzar los brazos para taparnos los ojos y los oídos". (Nelson Mandela, In the Words of Nelson Mandela, Jenny Crwys-Williams, Penguin 2004).

No es casual, pues, que este informe se titule "Rompiendo el silencio". Efectivamente, una de sus principales intenciones es la de lograr que se conozca "un pedazo de la historia de Zimbabwe sólo conocen aquellos que la vivieron de primera mano". El informe denuncia que uno de los aspectos más dolorosos de las masacres Gukurahundi fue el hecho de que la situación apremiante de las víctimas y los supervivientes jamás fuese reconocida. Siguen sufriendo las heridas del silencio. ¿Y quién es responsable de estas heridas? Los verdugos tienen, por supuesto, un interés propio en mantener este silencio. Pero, ¿qué sucede con el resto de nosotros, que vivimos durante esos años y seguimos con nuestras vidas como si nada ocurriese? ¿No somos igual de responsables de esas heridas con nuestro silencio, mientras las atrocidades sucedían, y aún después? La mayoría de nosotros aún hoy guarda silencio.

Al leer este informe siento una profunda vergüenza por mi propio silencio. Hay muchos en Zimbabwe que usarían como pretexto que no sabían qué estaba pasando, e incluso muchos estarían diciendo la verdad. Las medidas de emergencia diseñadas por el régimen de Mugabe aseguraron un apagón total de los medios en las áreas afectadas. Las actividades de los disidentes eran detalladas con suma precisión, pero los medios tenían terminantemente prohibido informar sobre las operaciones del ejército. Sin embargo, los que teníamos familia en Matabelelandia no teníamos excusa. Desde el principio de la campaña de la Quinta Brigada, empezaron a llegar noticias a través de las redes familiares y comunitarias de que algo horrible estaba ocurriendo. Cuando visité a mis abuelos en las afueras de Bulawayo, recuerdo que se bajaba la voz al mencionar a parientes forzados a huir del terror de las áreas rurales, para llegar a las ciudades con poco más que la ropa que traían puesta. Hicimos lo que pudimos por ellos y luego nos callamos.

Como funcionaria en Harare, era consciente de la división entre los que mantenían conversaciones en voz baja sobre esa atrocidad llamada "Gukurahundi" y aquellos que simplemente pretendían que no existía. Recuerdo a menudo la conversación recurrente, con ligeras variaciones, de "¿Sabrá Mugabe lo que está sucediendo? Su gente no le estará dando un cuadro verdadero de lo que está ocurriendo, pues si lo supiera no lo permitiría". ¡Qué idea tan ingenua y ridícula! La Quinta Brigada no era parte de la cadena de comando militar, sino que recibía órdenes directas del más alto ministerio del país. Retrospectivamente, no cabe duda de que el Presidente Mugabe no sólo estaba enterado e informado, sino que formaba parte de la campaña de matanza masiva en el interior de Matabeleland.

En aquel tiempo muchos de nosotros estábamos demasiado enamorados del gran héroe de la liberación para poder enfrentarnos a la evidencia de su complicidad directa. Los ciudadanos de Zimbabwe no estaban preparados para ver los agujeros del colador de una paz recién estrenada. El gobierno del ZANU PF empezó bien su mandato, invirtiendo grandes cantidades en educación y salud. Un mundo de nuevas oportunidades se abrió para la clase media negra y por primera vez los campesinos negros tuvieron acceso a créditos. No fueron desaprovechadas y durante los primeros años de independencia, la producción agrícola aumentó drásticamente.

También los ojos y los oídos de la comunidad internacional permanecieron cerrados. Frente a la imagen propagandística del líder radical marxista, Mugabe fue la moderación misma durante sus primeros años de gobierno. No hubo ninguna nacionalización de empresas y recibió muchas alabanzas por ofrecer un ramo de olivo a la población blanca. Zimbabwe era un problema resuelto y nadie quería abrir la caja de Pandora. Los gritos de los Ndebele cayeron en oídos sordos.

Al leer el informe después de tantos años, me asombra mi propia ignorancia sobre un periodo que pretendía conocer. Los relatos de tortura física y psicológica, violaciones y otras formas de abuso sexual, la hambruna de la población, el incendio de casas y graneros, las desapariciones, los cuerpos arrojados en pozos de extracción y los asesinatos son todos conocidos y tal y como me lo describieron mis parientes. Pero me impactó el informe sobre el asesinato masivo de 62 jóvenes, hombres y mujeres, en las orillas del río Cewale en Lupane el 5 de marzo de 1983. El silencio respecto a esta masacre es diametralmente opuesto a lo que ocurrió con la masacre de Sharpeville en 1960, noticia que resonó en el mundo entero.

El Acuerdo de Unidad de 1987 entre el ZAPU y el ZANU puso fin a las operaciones Gukurahundi. Como al final de la guerra de liberación de 1980, todos los responsables de violaciones de derechos humanos se beneficiaron de una amnistía general. El informe subraya el importante hecho de que una vez más en la historia de Zimbabwe aquellos que cometieron los actos más atroces contra civiles desarmados no fueron considerados responsables de sus acciones, fortaleciendo la cultura de impunidad que prevalece en el país. Las violaciones a los derechos humanos desde el año 2000 son un producto de esta cultura de la impunidad. Los mismos métodos de intimidación, de tortura física y psicológica y de asesinato han sido empleados, aunque a un nivel más bajo, en los hechos más recientes. La diferencia es que ya no se centran en la persecución de un grupo étnico concreto, sino en los líderes de la oposición por todo el país.

La Operación Murambatsvina del 2005, una campaña en la que el gobierno desplegó unidades policiales y del ejército para destruir hogares y negocios particulares en las áreas urbanas, tiene ecos de "Gukurahundi". Una vez más se utilizan imágenes de purificación, ya que murambatsvina significa, literalmente, eliminar la suciedad. Una vez más las personas son definidas en términos que justifican su eliminación - igual que los Ndebele eran como el "rastrojo" que las primeras lluvias limpian, el jefe de policía Agustine Chihuri describía a las masas pobres urbanas como "gusanos empeñados en destruir la economía."

Algunos supervivientes de Gukurahundi han reaccionado con cinismo al escándalo que rodea la Operación Murambatsvina. Consideran que Murambatsvina "no es absolutamente nada comparado con Gukurahundi. Ellos (es decir, los Shonas) están haciendo mucho ruido porque les afecta a ellos mismos. Cuando nos pasó a nosotros no dijeron nada". Esto me recordó la declaración profética del teólogo antinazi alemán, Rev. Martin Niemoller, quien dijo en 1945: "Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque no era comunista. Luego vinieron por los judíos y tampoco dije nada porque no era judío. Luego vinieron por los católicos y tampoco dije nada porque soy protestante. Y luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que pudiera decir nada".

Lejos de ser un capítulo cerrado, Gukurahundi ha dejado una herida abierta en la psique de la nación de Zimbabwe. Como participante en la campaña contra el Apartheid y superviviente del bombardeo, el Padre Michael Lapsley ha señalado: "El veneno del daño sufrido durante generaciones sigue infectando al presente. El presente ha sido infectado por el pasado." (Declaración presentada durante el Simposio sobre la sociedad civil y la justicia en Zimbabwe, en agosto de 1983). El pueblo de Zimbabwe está alzando la voz y, aunque quieran evitar la cuestión, los líderes del ZANU PF están obligados a contestar. El presidente Robert Mugabe estuvo tan cerca de pedir perdón como le es posible cuando describió Gukuranhundi como "un momento de locura" que jamás deberá repetirse. Un momento muy largo, está claro.

Nathan Shamuyarira, veterano líder del ZANU PF, dijo recientemente que no se arrepiente de la operación, ya que era necesario enfrentarse a los disidentes de Matabeleland. Comentarios de este estilo subrayan la necesidad de este informe. Es absolutamente fundamental para el futuro de la nación de Zimbabwe avanzar hacia cierta forma de justicia reparadora. La entrega de actas de defunción a las familias de los desaparecidos sería un buen punto de partida. Es fundamental que todos los zimbabwenses lean este informe, no solo para entender y reconocer el dolor y el trauma de sus compatriotas sino también para comprender la violencia de los últimos cinco años.

El Padre Michael Lapsley advirtió que "Si nos hacen algo, somos las víctimas. Si sobrevivimos físicamente, somos los supervivientes. Desgraciadamente, muchos no logran ir más allá y permanecen prisioneros de un momento en la historia, psicológica, emocional y espiritualmente. Convertirse en vencedor supone dejar de ser un objeto de la historia para volver a ser sujeto". Es hora de que los supervivientes de Gukurahundi se conviertan en sujetos de su historia a través del reconocimiento de sus relatos.

Este informe es importante no solo para los habitantes de Zimbabwe sino para otros en la región, especialmente en Sudáfrica, que alberga la diáspora más grande de zimbabwenses. Refiriéndose a Ruanda, el presidente de Sudáfrica Thabo Mbeki dijo: "Una época como esta requiere que se diga la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Se tiene que decir, porque si no se dice se crean las condiciones para que el crimen se repita." En la misma declaración también afirmó: "Estábamos tan preocupados en librarnos de nuestra propia pesadilla que no protestamos lo suficientemente fuerte contra el enorme y atroz crimen que se cometía contra la gente de Ruanda en 1994. Y por eso le debemos al pueblo de Ruanda una disculpa sincera, que ahora ofrezco con toda franqueza y humildad". (Declaración del Presidente de la República de Sudáfrica, Thabo Mbeki, en la Conmemoración del 10 Aniversario del Genocidio en Ruanda en 1994, Kigali, 7 de abril de 2004).

Esta declaración podría aplicarse fácilmente a Gukurahundi. Se tiene que decir la verdad porque si no se dice se crean las condiciones para que el crimen se repita. El silencio ha de romperse. Esperemos que algún día los líderes de esta región que no han protestado tan alto como debieron contra los crímenes masivos y atroces cometidos durante los pasados 23 años se animen a pedir una disculpa al pueblo de Zimbabwe.

Traductor: Chloe Aridjis